Sobre el consumo de drogas

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14/11/2011

Un caso paradigmático de individualismo. La prohibición del consumo de drogas.    

  1. INTRODUCCIÓN

Uno de los preceptos fundamentales de la ética dialógica nos dice que para averiguar si una norma moral es correcta o no, es necesario que todos los miembros que se puedan ver afectados por las consecuencias de dicha norma participen de la elaboración de la misma. Y más aún, el resultado del diálogo debe satisfacer un interés universal y no, meramente, un acuerdo estratégico que cada miembro pueda asumir sólo a regañadientes. Expuesto así, este precepto puede resultar ambiguo, muy vulnerable a posturas contrarias. Desde el individualismo, más o menos radical, se podría discutir la existencia de intereses universales, quedando ya en entredicho todo el desarrollo posterior de la ética dialógica. Ahora bien, ¿es posible negar la existencia de intereses universales? ¿Es siempre inequívoca la frontera entre mi libertad y la de los demás?

Sin ignorar el hecho de que tanto la ética dialógica como las propuestas individualistas, basado frecuentemente en el derecho natural, nos han ofrecido una literatura enjundiosa en argumentos y contraargumentos, voy, no obstante, en la exposición de este caso, a olvidarme de ellos, tratando de partir de cero. Es agradable confiar, como lo hacían Sócrates o Descartes en que con solo el entendimiento de un hombre (o alguno más, todos los implicados si se quiere) y muy poca bibliografía, se pueda llegar a conclusiones verdaderas.

A continuación, con la excusa del manido tema de la legalización de las drogas, trataré de apuntar alguna respuesta a las preguntas como las formuladas y también, de paso, decir algo sobre el valor práctico de las verdades que se desprenden del pensamiento teórico frío.

  1. EXPOSICIÓN DEL CASO

Imaginemos una ciudad, un lugar en el que convive un número determinado de personas, con poder para permitir (o no) el consumo de drogas en dicho lugar. Prescindiré, por una cuestión de enfoque, de aspectos como el grado de privacidad al que llega la capacidad de prohibición así como la cuestión de la legalización del comercio de drogas. Sólo apuntar, respecto a lo primero, que precisamente el grado de privacidad es lo que planea sobre el tema y respecto a lo segundo que resulta extraño hablar de derecho al consumo sin permitir cierto grado de comercio.

Entre los miembros de esta comunidad imaginaria, existen diferentes posturas basadas en sistemas ideológicos como las que propician ciertas actitudes religiosas, tradicionalistas, moralistas. En definitiva, políticas en tanto que su objeto está orientado a determinar un orden social. De entre estas, existen algunas que tienen como principio el siguiente precepto:

“Por principio, nadie debe impedir, ni dificultar el ejercicio de la voluntad de un individuo que decide consumir drogas.”

Pero, entre las personas que reconocen este precepto como fundamental, existen algunas que lo consideran inmatizable y otras que consideran que, en algunos casos, conviene matizar o incluso rechazar la norma general. Con el fin de concretar el enfrentamiento entre ambas posturas, reproduciré el siguiente diálogo.

A.- Ambos estamos de acuerdo en que cada individuo tiene derecho a consumir drogas pues, en sí, esta acción sólo repercute sobre su cuerpo, ¿estás de acuerdo?

B.- Estoy de acuerdo, siempre que el consumo de las drogas afecte únicamente a la salud del individuo que decide consumirlas.

A.- Obviamente. Si como sucede en el caso de las drogas que se fuman, me encuentro en un lugar en el que alguna persona no desea inhalar el humo, debo dejar de consumir esa droga en ese lugar. Pues estoy obligando a consumir una droga a alguien que no lo desea.

B.- ¿Y qué opinas de la prohibición del consumo de drogas en circunstancias determinadas como, por ejemplo, al que realiza una actividad profesional tal como una intervención quirúrgica o, simplemente, conducir un coche por una carretera pública?

A.- En el primero de los casos, no veo que se trate de una prohibición. El médico, en su contrato profesional, se habrá comprometido, probablemente, a no trabajar bajos los efectos de ninguna droga y, por tanto, participa de esto voluntariamente. El segundo caso me parece más interesante, ya que encuentro que, tal vez, podría tratarse de una prohibición.

B.- Entonces, se ha de admitir, al menos, esta excepción al precepto inicial. No parece sensato permitir que una persona ebria o bajo un estado alucinógeno vaya conduciendo por una carretera pública poniendo en peligro la vida de los demás.

A.- Desde luego, estoy contigo en que permitir que una persona incapaz (por los efectos de una droga pero también por su avanzada edad o por ser ciega), carente de un mínimo de facultades ponga en peligro la vida de los demás, es una insensatez. Pero, por esto mismo, resuelvo, que no creo que se trate de una prohibición expresa del consumo de drogas.

B.- Sin embargo, hay reconocer que, aunque parece ser que muy justificada, relacionar el consumo de alcohol con la disminución de las facultades es una generalización. Y las generalizaciones suelen ir contra lo particular, contra el ejercicio de la voluntad del individuo. ¿Qué opinas de la siguiente generalización?: El consumo de determinadas drogas genera conductas paranoicas, síndromes de adicción que contribuyen a que en nuestra ciudad aumente el índice de criminalidad, el contagio de graves enfermedades y, en definitiva, convierte la ciudad, la vida de los individuos que la componen, en algo distinto a lo que sería sin el consumo poco regulado de drogas.

A.- En primer lugar, creo que esa generalización no está fundada y, como bien decías, de ella se sigue un perjuicio al individuo. Ya que, prohibir el consumo de drogas a un individuo porque el resto de los individuos no saben consumir drogas sin atentar contra la voluntad de otros individuos, es inaceptable. El que infrinja cualquiera de los principios del derecho, debe ser castigado pero no deben ser castigados por anticipado (por si a caso) los consumidores de droga que respetan a los demás.

B.- Creo que en este punto, conviene deshacernos de la ambigüedad que supone la generalización. Para ello, te plantearé dos escenarios:

  • Se ha permitido (no se dificulta) el consumo  de cualquier droga y la vida en la ciudad no se ha visto afectada perjudicialmente. No ha aumentado la delincuencia, ni el número de muertes por accidentes, ni se ha producido una alarma sanitaria. Por el contrario, se ha obtenido un claro beneficio. El individuo, amparado por la ley, ha ganado más capacidad de elección.
  • Se ha permitido (no se dificulta) el consumo  de cualquier droga y la vida en la ciudad se ha visto afectada perjudicialmente. La delincuencia ha aumentado, se ha incrementado el número de accidentes de tráfico en el que estaban implicados personas drogadictas y las calles presentan un alto grado de insalubridad (jeringuillas en las aceras, restos de drogas al alcance de los niños, etc.). Esta situación, generada inequívocamente por la permisión del consumo de cualquier droga, obliga a muchos no consumidores (y también consumidores) de drogas a marcharse de la ciudad, puesto que se sienten indefensos ante los perjuicios mencionados. Porque, además, es tal el caos, que es imposible controlarlo por vía policial.

Y mi pregunta es: En el caso de que se diera la segunda situación, ¿prohibirías el consumo de drogas?

A.- No, ni en ese caso. El derecho del individuo a ejercer su voluntad está por encima de la idea de ciudad segura. El hecho de que un grupo de individuos ocasionara una situación supuestamente caótica, no es suficiente para negar los derechos de otro grupo de individuos.

B.- Pues yo sí. Si se diera el segundo de los casos, se tendría que sacrificar la libertad de un grupo de individuos por el bien (en este caso la seguridad) de la ciudad.

      

  1. ANÁLISIS

En cuanto a la referencia a la ética dialógica hecha en la introducción, señalar que entiendo este diálogo, con algún interlocutor más, en todo caso, como un ejemplo de lo que podría ser una parte del proceso de elaboración de reglas éticas. Por una parte, mucho entendimiento, máxima comprensión pero, necesariamente, alguna concesión (o imposición) puesto que determinadas posturas pueden resultar incompatibles entre sí.

Por otra parte, creo que ambas posturas se muestran razonables y el nivel de desarrollo moral que establece su discusión, individualista en mayor o menor medida, correspondería a un nivel tres en la escala de Kohlberg. Ya que definen su comportamiento moral con normas, principios, derechos y obligaciones asumidas libremente, no impuestas por la autoridad. Estableciendo los valores y su jerarquía mediante la reflexión de lo que está bien o mal hacer teniendo en cuenta las consecuencias de los actos y no sólo las intenciones.

Continuando con el análisis, lo que caracteriza y confronta, en el fondo, a los dos dialogantes es su uso de la racionalidad. La postura defendida por A puede resultar que abusa de racionalidad pudiendo compararse, sin llegar a caer en la caricaturización, con los defensores del paradigma liberal o neoclásico que creen en la perfección de la racionalidad, olvidando que no necesariamente un sistema social se identifica con la famosa caja negra en la que sólo cuentan los inputs y outputs. Esto es precisamente lo que denuncia B en su última intervención, diciendo algo así como: no estoy dispuesto a que cualquier principio teórico se apodere de mi vida. Pese a todo, A posee una argumentación sólida que probablemente en este caso, el de la prohibición o no del consumo de drogas, resistiría los envites prácticos fundamentados, en definitiva, en el valor de cierta seguridad e higiene. Sin embargo, ¿continuaría resistiendo los envites del caso que ahora expongo?

Dos personas, viven apartadas en un pueblo aislado. Ambos, inicialmente, tenían el mismo número de cerdos, único sustento posible en ese pueblo. Debido a una catástrofe (justa o injusta, ese no es el tema) una de las personas se queda sin cerdos. Cuando el hambre le hace desfallecer, acude a su vecino para pedirle un par de cerdos con el que poder criar y alimentarse. El vecino se niega pese a la insistencia del hambriento que le implora por piedad que no le deje morir de hambre. El hambriento, se enfrenta a un conflicto moral. Cree que el derecho a la propiedad es fundamental (es un derecho natural) pero si no le roba un cerdo a su vecino se morirá. ¿Qué harías tu, te morirías antes que ir contra la razón (que yo, no sé si acertadamente, he llamado fría) o robarías el cerdo? ¿Y si el robo debiera implicar necesariamente el asesinato de tu vecino?

  1. CONCLUSIONES

Tanto el caso principal relativo a la prohibición del consumo de drogas como este último, ponen de manifiesto que:

  •   Un planteamiento teórico, inamovible en la formulación de principios, puede llevar a conclusiones revolucionarias, extrañas al parecer convencional.
  •    Pese a que, por cuestiones de seguridad, se tuvieran que modificar hábitos como pasear por la noche por las calles, poder ir con calzado descubierto por la calle o asumir un mayor número de accidentes viales o de otro tipo, el consumo de todo tipo de drogas se debe permitir.
  •      Ante el nuevo escenario, surgen diferentes posicionamientos en función del grado de aceptación del modelo teórico y de su combinación con los aspectos prácticos derivados.
  •    A acepta plenamente las consecuencias, en principio negativas, que conlleva aceptar la teoría (en este caso de corte individualista). B pone límites a la teoría, en función de la compatibilidad de los resultados de su aplicación con el bien común.
  •     Inevitablemente, si se quiere llegar a un acuerdo, son los partidarios del modelo teórico los que en mayor o menor medida han de ceder, pues es más fácil convertir la homogeneidad en heterogeneidad que al revés.

  •     Quien presume de ortodoxo corre el peligro de convertirse en intransigente, adoptando posturas que impiden llegar a acuerdos. No obstante, como sucede en el caso del robo de cerdos, la razón está con ellos. ¿Es el martirio una buena forma de vida? ¿Hasta cuándo? ¿Son las posturas ecuánimes (heterogéneas) una forma de ocultar la opresión de las mayorías sobre las minorías?
  •   Porque además, lo que se afirma como absoluta pureza de principios, realmente no lo es por la siempre posible relativización de los mismos.
  •   Hay que reconocer que principios fundamentales como la libertad del individuo, el derecho a la propiedad o a la independencia del individuo respecto a la sociedad, no son absolutos. Por tanto, pensar que merece la pena cualquier sacrificio por el cumplimiento de dichos principios, puede resultar, cuanto menos, ingenuo.